Milcíades Guerrero: gran cantante, mejor reportero y extraordinario amigo
Por Roberto Valenzuela

Por la singularidad —esa mezcla de rareza, disciplina y entereza— de este periodista, considero que, al igual que muchos buenísimos reporteros de su generación, ha debido —y debe— ser reconocido, ya sea por el CDP u otra institución. Nunca he logrado entender cómo Milcíades —con acento en la “í”, como él mismo puntualizaba— podía sostener el intenso ritmo del reporterismo radial en tiempos en que los noticiarios dominaban la opinión pública, eran los más escuchados del país.
Y, sin embargo, al caer la noche… ¡se transformaba! Milcíades Guerrero se iba a cantar en hoteles capitaleños o en cualquier pueblo del país. Era —y es— uno de los mejores cantantes de son que ha dado esta tierra. Lo recuerdo en el “Grupo Lodo” y luego en el “Grupo Maniel”.
De día, reportero incansable. De noche, artista. Como buen músico, disfrutaba su trago, y al día siguiente… ¡de vuelta a la faena periodística! ¿Cómo lo hacía? Esa sigue siendo una pregunta sin respuesta.
Lo conocí de una manera peculiar. Yo trabajaba en el departamento de prensa del Comisionado para la Reforma y Modernización de la Justicia. Una tarde, durante una rueda de prensa, me correspondía llevar el control de los periodistas asistentes. De pronto, llega Milcíades Guerrero, cuando la actividad ya había comenzado.
Entró caminando despacio, pero con paso firme. Delgado, ojos de un color extraño, impecablemente vestido, perfectamente planchado. En su mano izquierda lucía un guillo que delataba su calidad; su camisa de marca; su perfume, inconfundible. Había llegado el artista.
Le pregunté:
—Señor, ¿para qué medio usted trabaja?
Sin detenerse, sin siquiera mirarme, respondió con naturalidad:
—Al medio tiempo.
Mi amigo, el fotógrafo Francisco Fortunato, estalló en carcajadas. Yo quedé confundido… Pensé: ¡Era el mismo que había estado cantando en el programa más popular del país, El Show del Mediodía¡
¿Un cantante que también era reportero? En aquel momento, me parecía algo insólito.
A partir de ahí, nació entre nosotros una amistad para toda la vida. Y Fortunato aún recuerda —entre risas— aquella respuesta genial del “medio tiempo”.
Son innumerables las anécdotas, pero hay una que retrata su carácter. En la fuente de Justicia o en el Congreso, Milcíades llegaba siempre elegante, con corbatas impecables. Nosotros, fascinados, nos acercábamos y —como buenos dominicanos— no resistimos la tentación de tocarlas.
¡Error!
Con firmeza, pero con cariño, nos corregía: debíamos abandonar la costumbre de “hablar con las manos”. Nos hablaba de modales, de respeto, de presentación. Su preocupación era que repitiéramos ese gesto con otras personas. Y advertía, medio en serio, medio en broma:
—Si se ensucian, estas corbatas no se lavan… ¡ni se planchan!
Lo decía con un afecto fraternal que aún hoy resuena.
También recuerdo algo curioso: durante el día entrevistaba a políticos… y en la noche, ¡esos mismos políticos bailaban con él! Entre los mejores bailarines estaban los fallecidos Roberto Rodríguez y Reinaldo Pared Pérez. Ellos se sentían orgullosos de decir que Milcíades cantaba bien… ¡y que ellos sabían bailar son!
En una ocasión, en Punta Cana, durante una actividad, el entonces presidente Leonel Fernández —gran bailarín— se acercó, acompañado de su séquito, hasta donde estábamos los reporteros. Fue directamente a saludar a Milcíades. Comentó que el grupo al que pertenecía estaba entre los mejores de la región… ¡y que podía compararse con cualquier agrupación cubana!
Ese es Milcíades Guerrero: un hombre que rompe esquemas. Un artista con alma de periodista… y un periodista con alma de artista.
¡Un amigo extraordinario!
¡Un talento irrepetible!
¡Un ejemplo que merece ser reconocido!




