
El perpetrador del ataque terrorista de Oklahoma City, Timothy McVeigh —conocido con el apodo de “Fideo McVeigh” o “El Flaco”, diríamos en buen dominicano, por su delgadez— era un infante de marina con un enfermizo resentimiento contra el gobierno y su pueblo.
Ocurrió el 19 de abril de 1995. Un camión cargado con explosivos estalló frente a un edificio gubernamental y dejó la cifra de 168 muertos. Fue el acto terrorista más mortífero en suelo estadounidense hasta entonces, una marca superada seis años más tarde por el atentado del 11 de septiembre de 2001.
Las agencias de prensa señalaron que McVeigh, excombatiente de la Guerra del Golfo Pérsico, indicó que cometió el atentado en venganza por la intervención de agentes federales contra el rancho de la secta de los Davidianos, en Waco, Texas, donde fallecieron 83 personas, entre ellas 23 niños. Increíblemente, ocurrió el 19 de abril de 1993, tras un asedio policial de 52 días.
Una de las críticas de la opinión pública —de la prensa de la época— fue que las autoridades utilizaron un exceso de fuerza militar y que el incendio del recinto davidiano habría sido provocado por las bombas lacrimógenas lanzadas por los agentes.
Según una crónica del Listín Diario, entre las 168 personas que murieron a causa de la explosión en Oklahoma City, 19 eran niños menores de seis años que se encontraban en la guardería del edificio federal. Más de 680 personas resultaron heridas.
La potencia del explosivo, elaborado a base de fertilizantes (abono) y materiales de uso común dañó 312 edificios en un radio de 16 manzanas, y destrozó 86 automóviles. Causó daños por unos 652 millones de dólares, según informaron autoridades estatales.
Este escrito es un fragmento de un artículo publicado tiempo atrás, motivado por nuestra preocupación ante el odio y la violencia política, que incluso han afectado al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, víctima de varios atentados, por suerte todos fallidos.




