
Las redes sociales han roto todas las fronteras, lo que antes estaba limitado a los frentes de batalla o a páginas interiores de los periódicos, hoy aparece, sin filtro, en la pantalla de cualquier teléfono.
En cuestión de segundos, un usuario puede pasar de una fotografía familiar a un video de bombardeos, soldados mutilados o civiles abatidos en plena calle. La guerra ya no es una noticia lejana: es una transmisión constante, descarnada y brutal.
Plataformas como Instagram se han convertido en vitrinas globales donde conviven el entretenimiento, la tragedia y el morbo. Allí circulan imágenes que muestran la crudeza de conflictos como el de Gaza o la guerra entre Ucrania y Rusia, muchas veces sin advertencias claras ni mecanismos de protección efectivos. La muerte se desliza entre historias y publicaciones como si fuera un contenido más. Y eso debería alarmarnos.
Pero no es el único extremo. Paralelamente, el exhibicionismo ha encontrado terreno fértil. La exposición explícita del cuerpo se promueve como empoderamiento, estrategia de posicionamiento o vía rápida para ganar seguidores.
La interrogante no es moralista; es social: ¿es necesario llegar a ese punto? ¿Estamos midiendo el impacto que esto tiene en adolescentes y niños que consumen estos contenidos sin la madurez suficiente para procesarlos?
El problema no es la libertad, el problema es que casi no existen límites en espacios donde navegan millones de menores de edad. Si las plataformas tienen la capacidad de crear algoritmos complejos para dirigir publicidad y ampliar su alcance, también pueden aplicar controles más firmes frente a contenidos violentos o sexualmente explícitos. No se trata de censurar ideas, sino de asumir una verdadera responsabilidad social.
¿Qué podemos hacer? Primero, asumir que el algoritmo no educa: educamos nosotros. Padres, tutores y formadores deben involucrarse activamente en el consumo digital de los jóvenes. Segundo, exigir mayor transparencia en las políticas de moderación y en la aplicación real de sus normas comunitarias. Y tercero, promover una cultura digital que priorice la dignidad humana por encima del impacto visual.
Si normalizamos la sangre y banalizamos el cuerpo, corremos el riesgo de insensibilizarnos como sociedad. La pregunta no es solo hacia dónde van las redes sociales. Es hacia dónde vamos nosotros si aceptamos todo, sin cuestionar nada.
Sobre el autor
Edwin DeLaCruz es periodista y abogado, dedicado al ejercicio profesional del periodismo. Ha sido reportero y se desempeña principalmente en el ámbito de las relaciones públicas y la comunicación estratégica. Es productor de programas de televisión y creador del espacio motivacional Edwin Inspira, orientado a promover la superación personal y el crecimiento humano. Además, es dirigente sindical, con una trayectoria vinculada a la defensa de los derechos laborales y sociales.




